LOVA VII

“Lo lógico hubiera sido que allí acabara la aventura de Mariángeles como LOVA, cualquiera se hubiera asustado y habría pensado que no era para ella, abandonando su proyecto, pero algo se había desatado en su interior, ahora con más fuerza que nunca; y no podía frenarlo a pesar de la traumática primera experiencia. Los comienzos siempre son duros pensó.”

Sonaba tan épico, cuadraba tan bien con la imagen que quería proyectar de mí misma que por un momento olvidé que no era más que un eufemismo y casi silencio la verdadera historia. Me costó claudicar y (auto)admitir mis verdaderos recuerdos, pero si de verdad pretendía que esta novela sirviera para algo, era la forma correcta de hacerlo.

“Se sentía tan culpable y avergonzada que no quería contárselo a nadie. LOVA luchaba por hacer del primer encuentro un simple punto de partida que la sirviera para, además de las ganas, tener un motivo por el que crecerse, pero su parte socializada a la que estaba acostumbrada, sólo quería abrir una botella de vino y pasar un par de días en el sofá devorando las series que fueran necesarias para dejar de pensar en su propia historia. En ese dilema estaba, cuando la siempre oportuna Sorella, llamó al timbre con la confianza que ofrecen años de amistad y confesiones. Ella sólo venía a que la invitara a un café para contarle a Mariángeles la maravillosa polla que acababa de comerse en el hospital donde trabajaba, pero en seguida notó que su amiga necesitaba más de sus orejas que de su boca.”

Todavía sonrío de medio lado al recordar aquella intuición de Sorella en ese momento. Recuerdo como si fuera ayer cómo paró su historia en seco, dejó su café a medias y me acompañó con el vino para desarmar mis ganas de enmudecer con un simple: “¿a ti que coño te pasa cara acelga?” por supuesto que respondí: “nada Sore” adjuntando una sonrisa falsa que no nos valió ni a ella ni a mí, y por supuesto que terminé contándole todo lo sucedido bajo su amenaza de muerte.

Pensé que iba a decirme que estaba loca y que, como siempre, andaba metiéndome en tonterías. Pensé que reafirmaría mis ganas de dejarlo todo en un pequeño tonteo con el mundo de la dominación. Pensé que mi mejor amiga sacaría su lado protector y me ayudaría a pasar esto con helado y alejándome de todo aquello; pero lo que hizo fue decirme que conocía a la persona adecuada para que pudiera seguir practicando sin peligro:

  • Joder Mari, se supone que tú eres la mojigata de esta relación, la que se asombra de mi libertinaje, pero acabas de adelantarme por la derecha haciendo que te quiera aún más de lo que ya lo hacía hasta ahora. Conozco al tío perfecto para que ese gilipollas de Matías no sea más que el borrador de tu gran aventura como dominatriz.
  • Te lo agradezco Sore, pero…
  • ¡Cállate! Y sírveme más vino. Hace un par de semanas me follé a uno de mis residentes
  • ¿Otro? ¿No aprendiste la última vez los problemas que te da acostarte con gente del hospital?
  • Ese no es el tema bonita, y que sepas que estoy viendo tus ganas de cambiar de tema y no lo vas a conseguir, además pasó tanto tiempo allí que ¿qué otras opciones tengo?
  • ¿Tinder?
  • Voy a hacer como que no te he escuchado mencionarlo. El tema es que el chico del que te hablaba me pidió que le atara a la cama, que le pellizcara los pezones y que si podía ser mi esclavo sexual. Por supuesto, yo sólo accedí a las dos primeras, pero puede que tú puedas ser el genio de la lámpara que conceda su tercer deseo.
  • Odio cuando te pones metafórica. Además, que tú le gustes no quiere decir que quiera que yo le domine, puede que…
  • ¿No habías dejado de ser una sosa estrecha? Te paso su número, habláis y vas viendo cómo se desarrollan las cosas. Vuelvo a tener el vaso vacío amiga, y creo que las dos vamos a necesitar que esté lleno

Sore, LOVA y mi estado ebrio terminaron escribiendo al tal César a altas horas de la madrugada (o quizá aún era de día, pero con una borrachera digna de las 3 de la mañana) un Whatsapp lleno de errores de escritura y de propuestas indecentes que terminó por dar un resultado mucho más satisfactorio de lo que yo pensaba que merecía.

Azalí Macías

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