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Microrrelatos

Estoy en Jamaica en una playa paradisiaca, el sol acaricia mis pezones haciendo que se erecten y luzcan tan poderosos y evidentes como me gustan, y no debo ser la única que lo nota, un joven rastafari se acerca hasta mí sin quitarles ojo. Sin mediar palabra, se arrodilla junto a la tumbona y empieza a recorrer mi blanca piel con sus enormes manos negras; en mi cabeza suena ébano y marfil al creciente ritmo de los latidos de mi corazón. Después de los besos acelerados, de bajar mi tanga con tanta pasión que se deshilacha y de comprobar que sus músculos son tan duros como parecen a la vista, por fin llega el ansiado momento en el que me penetra después de mucho suplicárselo y ¡PUM! ahí es donde mi fantasía no puede continuar, tengo que aceptar que es la conocida y ridícula polla de mi novio la que se adentra en mí sobre el mismo colchón de siempre.


Sabía que tenía que decirle a su amiga que no estaba bien que se acostara con otra persona teniendo novio, que al final Luca se acabaría enterando y le iba a hacer sentir fatal, y que si no le quería le dejara e intentara tener algo con su amante; pero, si le decía todo eso, se arriesgaba a perder los mejores orgasmos de su vida, esos que él le provocaba por debajo de la mesa cuando cenaba con Luca y con ella.


Amarrada a aquella cama repasaba los hechos que la habían llevado hasta allí:

Una noche de chicas, dos miradas que se cruzan en un bar, tres copas y cuatro besos después estaban en su casa.

Tras cinco polvos que le ocasionaron seis orgasmos inolvidables, eran las siete de la mañana. A las ocho llegaba la chica que limpiaba en casa los fines de semana.

Por los nueve euros a los que le pagaba la hora iba a ser complicado que hiciera de aquella experiencia un día diez y se pusiera a comerle el coño como tantas veces había soñado


Le doy al play con los dedos aun empapados de mis orgasmos, repaso de nuevo aquella escena que me han dejado en el buzón en la que yo soy la protagonista, y vuelvo a excitarme.

¿Cómo puede ser si casi siento los temblores de la última corrida?

Nunca pensé que alguien fuera capaz de captar toda esa sexualidad en mí, sobre todo cuando estoy limpiando la casa. Pero esos planos por debajo de mi falda, esos zoom a los pezones y la boca y el giro final de la cámara hacia la polla erecta del director son simplemente irresistibles.

Miro la ventana preguntándome desde dónde demonios han podido grabarme.

 

Azalí Macías

 

 

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